martes, 9 de agosto de 2011

Llamas moradas

Este incesante sol que me quema las entrañas y la sombra que apuñala mis más profundos pensamientos. En lo alto del cénit de sentirte altivo te sientes desgraciado porque, quizá, el volumen de la música desciende, o, quizá, eres tan feliz que no lo ves y te sientes desdichado. Hay cosas que revitalizan el alma, que me dan fuerza, que me hacen sentir bien. Cambiar de personas, de dormitorios, de cubiertos, de servilletas y manteles. Ascender para luego caer -pocas veces te deslizas suavemente- y entonces llega la melancolía. Algunos la llaman cáncer porque se come la ilusión de seguir hacia delante, te anclas en el pasado. Allí, con tus dinosaurios, sin saber qué decirles. Lloras por cada esquina, ríes y ríes y ríes y ríes... te enfundas de una falsa manta transparente, incluso provocadora agresión a tu intelecto. Y miras, ¿el vacío? porque es lo que te queda o lo que crees que te queda. Este incesante sol del que me resguardo nos deja aburridos, nos deja pensar, cambiaré de canción.

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